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LAS OREJAS DEL CONEJOLAS OREJAS DEL CONEJO
Categoría: Tío Conejo y otros animales.
Fecha: martes 01 de enero del 1963
Autor: AGUSTÍN JARAMILLO LONDOÑO
Fuente: Cuentos del tío conejo - Folclor[1]
¿Ustedes no saben, mis hijitos, por qué el Conejo tiene las orejas tan grandes? Porque... antes las tenía chiquitas, chiquitas... ¡Bueno! Les voy a contar.
Resulta que un día el Conejo resolvió ir al cielo a pedile a mi Dios que lo hiciera más grande, pues decía que estaba cansao de que todos los animales le pegaran.
Imagen: El conejo y la Tortuga

Arregló un hatillo con sus corotos pal viaje y echó monte arriba, monte arriba hasta que llegó a un palacio muy hermoso, todo di oro y de vidrios de colores y adornao con diamantes y piedras preciosas.
–Este tiene que ser el cielo –se dijo el Conejo y llamó a la puerta. Al rato salió San Pedro a abrir.
–¿Qué se te ofrece, Conejo? –le preguntó.
–Vengo a hablar Con Dios.
–¡Eh! Vos no podés entrar aquí –dijo San Pedro como muy ofuscao y fue a cerrar la puerta.
–¡Ay! ¡San Pedrito! –suplicó el Conejo–. Yo tengo que hablar con Dios un asunto muy importante.
–¿Qué tenés que hablar con Él? –preguntó San Pedro. –Vengo a pedile que mi haga más grande, porque como soy tan chiquito, todos los animales me pegan.
San Pedro se rascó la calva y arrugó la frente, como sin saber qué hacer.
–¡Ay, San Pedro, déjeme entrar! ¡Ay, San Pedrito! No mi haga perder el viaje, que vengo desde muy lejos...
–¡Entrá, pues, hombre! –dijo San Pedro, al tiempo que abría la puerta–. Velo, velo, allí está sentao en el trono.
Entró el Conejo a un salón grandísimo y subió las escaleras de nubes hasta el trono del Señor.
–¿A qué venís por aquí, hombre Conejo? –preguntó mi Dios.
–¡Ay, mi Dios! –respondió el Conejo–, vengo a pedile que mi haga más grande; como soy tan chiquito, todos los animales me pueden y yo no tengo armas para defenderme como tienen todos los animales. ¡Fíjese, Señor, que yo no tengo ni cachos, ni colmillos, ni veneno, ni espinas, ni garras, ni nada! Y por eso, todos los animales abusan de mí.
–¡Ajá! –dijo Dios, y se quedó mirando al Conejo como con cierta risita–. ¡Conque querés que ti haga más grande! Bueno. Me parece muy bien. Yo sí ti hago más grande, si me traés las lágrimas del Tigre, los dientes del Caimán, la Culebra y las Abejas.
Esto qui oyó el Conejo y sin esperar más salió brincando de alegría. Cuando llegó a la casa arregló cuatro calabacitos y se los amarró a la cintura con una cabuyita. Y echó a andar...
Lo único que le preocupaba por el momento, era conseguir el primer encargo: las lágrimas del Tigre. Después, ya se vería...
* * *
Salió pal monte y se metió en la espesura. Después de mucho andar y de pasar ríos y cañadas llegó a un punto por onde pasaba el Tigre todos los días y se sentó a esperar.
Así que vio qu’el Tigre ya venía, se puso a llorar a todo grito, como muy afligido.
–¿Qué le pasa, tío Conejo? ¿Por qué llora tan triste? –dijo el Tigre, arrimándose despaciecito.
–Pero, ¡cómo, tío Tigre! ¿Usté no sabe la desgracia?
–No. ¿Cuál desgracia?
–¡Cómo que cuál desgracia! ¡Pues la muerte de tía Tigra!
–¡Imposible! ¡No me diga! Si ayer no más la vi...
–Pues ya lo ve, tío Tigre; así es la vida. Anoche murió en una cañada.
Fue tanta la pena del Tigre, que se sentó junto al Conejo y se puso a llorar con él.
Esto esperaba el Conejo y al mismo sacó un calabacito y se puso a aparar los lagrimones. A lo que el calabazo estuvo lleno, lo tapó bien y echó a correr gritando:
–¡Mentiras, tío Tigre! ¡Mentiras, tío Tigre! ¡Yo era a ver si usté sí la quería...!
El Tigre, muy bravo, salió detrás a alcanzar al Conejo, pero éste ya le había cogido la delantera y se le voló.
* * *
Llegó el Conejo a un río muy grande onde vivía el Caimán y fue y se sentó a la orilla y se puso a tocar su tiple y a cantar muy alegre. A poco rato, atraído por la música, salió el Caimán y se puso a oír.
–¿Qué canta, tío Conejo? –preguntó el Caimán.
–Unas trovas que aprendí.
–Écheselas, a ver.
El Conejo comenzó a trovar y el Caimán a reíse. De golpe el Conejo, que estaba listo, agarró una piedra y le tiró una pedrada a los dientes del Caimán, que rodaron por el suelo. El Conejo en un volar los recogió y los echó en un calabacito y salió despedido por un cañaveral por onde no se podía meter el Caimán. Cuando estuvo muy lejos, se sentó en un tronco viejo y se dijo:
–¿Qué es lo que falta? Ah, sí: la Culebra.
En seguida salió por unos pedregales onde vivía la Culebra y, echando mano al tiplecito, así que la vio venir se puso a cantar muy serio:
Dicen que mi tía no cabe, mi tía sí cabe, sí;
la tengo en el calabazo, que ayer tarde la cogí.
–¿Qués lo que canta, tío Conejo? –preguntó la Culebra, acercándose.
–Nada, tía Culebra. Que todos dicen qui usté no cabe en el calabazo y yo digo que apuesto a que sí cabe...
–¡Ah, tío Conejo! Eso es muy fácil. Si usté quiere yo me mido, a ver...
–Pues... bueno, tía Culebra, mídase pues.
El Conejo puso el calabacito en el suelo y la Culebra se fue metiendo con mañita. Así que metió la cola, el Conejo tapó bien, se amarró el calabacito a la cintura y salió cantando, muy tranquilo.
–¿Qué es lo que falta? Ah, sí: las Abejas.
* * *
Bueno. Esto sí es muy fácil. Untó de miel el último calabacito que le quedaba y se fue y lo puso junto a la colmena. Las Abejas fueron llegando poco a poco y el Conejo las miraba escondido entre unas matas. Apenas el calabazo estuvo lleno, salió y lo tapó bien tapan, se lo amarró a la cintura y echó a correr pa que no lo picaran las otras Abejas.
Con los cuatro encargos listos, no había más qué esperar. Arregló viaje pal cielo y echó a andar monte arriba, monte arriba, hasta que llegó al palacio di oro con vidrios de colores y adornao con piedras preciosas.
–¿A qué volvés por aquí, hombre... Conejo? –le preguntó San Pedro, al velo llegar.
–¡Ay, San Pedro!... pues yo vengo a ver a mi Dios.
–Dejá la molestadera, hombre, qu’Él se mantiene muy ocupao.
–No: si es que vengo a traele unos encarguitos que Él me hizo.
–Si es así, entrá, pues. Velo: allí está en el trono.
Subió el Conejo las escaleras de nubes y presentó al Señor los cuatro calabazos, diciendo:
–Aquí le traigo, mi Dios, las lágrimas del Tigre, los dientes del Caimán, la Culebra y las Abejas. A ver si me hace más grande, pues...
Mi Dios fue destapando los calabazos uno por uno y vio qu’el Conejo había cumplido todo muy bien. Entonces dijo:
–¡No, hombre! Si siendo tan chiquito sos tan fregao... ¡qué tal si ti hago más grande!
–¡Ay, mi Dios! –exclamó el Conejo–. Pero Usté prometió que si le traía los encargos ¿ni hacía más grande. Usté prometió...
Mi Dios se rió de ver la cara que ponía el Conejo y, llamándolo con la mano, le dijo:
–Vení, pues, yo ti hago más grande... Acercate.
Y así qu’el Conejo si arrimó, mi Dios lo cogió de las orejas y tiró p’arriba y las orejas se estiraron.
–Bueno. Ya estás más grande –dijo mi Dios–. Andate, pues...
El Conejo se puso muy contento y salió dando brincos di alegría. Cuando bajaba las escaleras de nubes se miraba en la sombra y decía pa sus centros:
–¡Uy! ¡Cómo estoy de grande! ¡Cómo estoy de grande! Por eso es qu’el Conejo tiene las orejas tan largas.

LAS OREJAS DEL CONEJO
Imagen 2: Super Conejo
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EL PORTERO DEL PROSTIBULO || Indice || EL CONEJO Y LA TASAJERA
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