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EL CONEJO Y EL GIGANTE
Categoría: Tío Conejo y otros animales.
Fecha: martes 01 de enero del 1963
Autor: AGUSTÍN JARAMILLO LONDOÑO
Fuente: Cuentos del tío conejo - Folclor[11]
El padre del Conejo tenía un marrano muy grande y muy bonito. Y un día el Conejo le dijo al padre:



–Papá, déme ese marranito que tiene usté...
–¿Pa qué, m’hijo?
–Es .que yo he resuelto ime a recorrer... Y pa no ime sin nada...
Al fin de mucho ruego, el padre acedió que sí y dejó ir al Conejo con el marrano. Y salió a despedilo.
En fin, qu’el Conejo cogió a andar y andar, arriando su marranito. Hasta que por allá llegó a una casa onde vivía un gigante que robaba y mataba. Pero el Conejo no tenía ni malicia d’eso y llegó muy tranquilo izque a pedir posada.
–Demás –le dijo la mujer del gigante, que le abrió la puerta–. Dentre, bien pueda.
–Pero es que ando con este marranito...
–Eso no. Déjelo allá en el chiquero con aquellos otros. Allá él tiene de comer y encuentra agüita pa que beba.
Resulta qu’el gigante tenía nueve marranos gordos. La señora del gigante le preguntó al Conejo:
–Dígame qué marca tiene su marranito.
–Uno y dos...
–Bueno. Déjelo allá pues...
Le sirvieron la comida al Conejo y después de que comió le mostraron la cama onde tenía que dormir. El Conejo si acostó, pero al ratico se le ocurrió volver a levantase a cualquier diligencia que se le había olvidao hacer antes di acostase y oyó por allá runrunes en el cuarto del gigante, que planiaba matar al Conejo pa robale. El Conejo lo que hizo fue llevase el pilón pal cuarto. Lo acostó en la cama, lo acobijó bien y él se acurrucó debajo.
Cuando... a la media noche, se da cuenta de que venía el gigante. Ai mismo se puso a roncar, haciéndose el dormido. Llegó el gigante, con mañita... y levanta esa manota: ¡Guape! ¡Su macho de pescozón! “Ai lo maté”, pensó el gigante. Cuando va saliendo el Conejo y dice:
–¿Ej? ¿Aquí es que hay cucarachas o qué? ¿Qué fue ese ruidito que oí?
El gigante ai mismo salió y se fue. Entonces el Conejo volvió a poner el pilón en la cocina y se trajo la piedr’e moler: una piedra coca, grande. La acomodó encim’e la cama y él se guareció debajo.
–¿Lo matates? –pregunta a todas estas la mujer del gigante.
–¿Más harto? ¡Si esi hombre es más duro qu’el diablo! Casi me quiebro la mano y él ni siquiera se mosquió. Creyó qu’eran las cucarachas....
–¡No te creo! ¡Imposible…! ¡Ij… ¡Bala le vas a tener qu’echar, entonces! Ve: allí’stá tu escopeta.
Cogió el gigante esa casinada d’escopeta que tenía y se puso a preparala. L’echó medio cañón de pólvora, la taquió con cabuya y di ai l’acabó de llenar con unos perdigones que parecían corozos di árbol. Salió en puntillas y s’entró al cuarto del Conejo. Y, este, quizque roncando.... El gigante tendió l’escopeta, midió bien y, ¡pum! Tembló la tierra y las puertas traquiaron. Cuando va saliendo el Conejo, todavía silbándole a los oídos y dice:
–¡Fo... Fooo…! ¿Quién fue el cochino que entró aquí a tirase un peo? ¡Gas! ¿Qué moda de pensión es ésta, pues, que ni dejan dormir a uno tranquilo? ¡Ya mismito me voy...!
Y mira al gigante ai parao al pi’e la cama, que no salía del asombro, y le dice:
–¡Andá!... andá, langaruto: hacé levantar esa asquerosa de tu mujer, pa que mi haga café, que ya me voy. ¡Corré ligerito, tuntuniento!
* * *
El Conejo estaba tan caliente cuando fue al chiquero por su marranito, que resolvió arriar con los diez marranos qui había, de un viaje. Según decía, todos tenían la marca uno y dos.
Llegó muy temprano a la feria y los vendió todos breve-breve.
Con la plata de los marranos se compró una muda nueva y botó la que tenía. Se compró un buen carrielito amalfitano y... plata sobró. Andando por al en el pueblo, luciéndose, supo que la mama del gigante se llamaba Tomancia y que vivía en Francia.
Y de regreso pa la casa, bien vestido y con plata, volvió a cogelo la noche en la mitá del camino, cerquita de la casa del gigante. Entró.
–Por estos laos nu hay más onde posar qu’en este rancho. ¡Qué remedio! Una mala noche se pasa de cualquier manera...
–Prosiga, señor... –le dice la mujer del gigante.
–Pis será!
Entró derecho pal cuarto y se tiró en la cama a descansar mientras le preparaban la comida. Cuando, a poquito, va entrando el gigante y comienza: que usté de aond’es, que usté qué trabaja, que esto y lo otro, que lo de más acá y lo de más allá... En fin. Que acabaron charlando. Y, de golpe, el gigante le pregunta:
–Dígame una cosa: ¿usté es muy recorrido, no?
–Algo, señor... Me conozco casi tod’Antioquia.
–Y... cuénteme: ¿Sabe de juego di armas?
–Me sé todas las paradas qui hay, más una que no la sabe nadie.
–¿De veras?
–Como l’oye.
–Ah... pues, si quiere, démole una repasaíta al juego di armas, mientras está la comida.
Y el Conejo, que nunca había cogido un arma en la vida, responde muy campante:
–¡Apure!
–Entonces suba al zarzo y baje l’espada. Allá hay una pa usté. Suba.
–Yo, no.
–Suba, suba.
–N, nnn. Suba usté adelante.
Subió el gigante y bajó l’espada. Se la dio al Conejo y le dijo:
–¡Juego di armas!
–¡Aguárdi a ver! ¡Nu acose!
–¡Juego di armas! –grita el gigante.
Entonces el Conejo pegó un brinco pal medio, hizo revolar l’espada que sacaba chispas del suelo y gritó:
Espada lanza:
andate pa Francia,
¡le pegás a misiá Tomancia
en la panza
y te volvés p’acá!
–¡Ak-á! –dice el gigante–. ¡Con mi mama, no!
–Es que pienso acabar con toda la generación di ustedes –dice el Conejo.
–Nu hay pelea. ¡M, m! ¡Nu hay pelea!
–¡Entonces guarde l’espadita esa y déjese de carajadas con yo!
–Está bien.
En esas entró la giganta y dijo que la comida estaba lista. Se fueron a comer juntos y... ¡amigos hasta el sol di hoy...!

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