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EL REY DE LOS ANIMALES
Categoría: Tío Conejo y otros animales.
Fecha: martes 01 de enero del 1963
Autor: AGUSTÍN JARAMILLO LONDOÑO
Fuente: Cuentos del tío conejo - Folclor[8]
Se reunieron los animales del monte para elegir rey. Porque ya hacía días que el Tigre y unos amigos venían diciendo que por qué gracia tenía que ser siempre el León y que quién había dicho. Ese día los animales fueron llegando todos y fueron diciendo por quién votaba cada uno. Ya por la tardecita, la votación estaba empatada: la mitá por el Tigre y la mitá por el León. Se pusieron a ver qué animal faltaba por votar y el único era el Conejo. Ai mismito el Tigre se voló ligerito y se fue a buscalo a la cueva, onde vivía. Cuando llegó, lu incontró acostao. Acostao’staba, con remadizo.

–¿Qué le pasa, tío Conejo? ¿Cómu es que no ha venido a las eleciones, comu están de buenas?
–¡Qué va, tío Tigre! Yo lo qu’estoy es muriéndome. Con una tontina y un desaliento...
–¡Eso no quiere decir con fuerza! Camine en un momentico vamos a votar.
–Yo no voy, tío Tigre. ¿Meteme esa caminada ahora, con este desaliento? ¡Ni por pienso!
El Tigre se quedó como cavilando, y dijo:
–Si es eso, tío Conejo, camine que yo lo llevo montao hasta allá.
El Conejo decía que no, qu’estaba muy maluco y el Tigre insistía en que fuera, que fuera... Hasta que el Conejo dijo:
–Bueno, pues, tío Tigre. Yo sí voy, pero con una condición: qu’es que usté me lleve montao y me vuelva a traer a la casa.
–Listos –contestó el Tigre–. ¡Apure, pues!
El Conejo se metió otra vez a la cueva y al ratico fue saliendo quizque de sombrero alón, de poncho y de carriel, de zamarros y de botas. En la mano traía una silla de vaquería.
–¿Y eso qué es? –dijo el Tigre, abriendo tamañas pepas di ojos.
–¡Una silla!
–No, tío Conejo. ¡Ni riesgos! Yo no me dejo poner eso. Bien pueda monte así no más. Pero silla, no.
–Está bien –dijo el Conejo, haciendo cara como de conformidá–. Entonces no voy. Si no he de ir bien sentao, bien cómodo, no voy. –Ya se iba a dentrar p’aentro otra vez, cuando el Tigre dijo:
–Aguarde, tío Conejo. Camine, a ver... póngame esa silla pues... El Conejo se la puso, le apretó bien la cincha y se volvió a entrar a la cueva.
El Tigre se impacientaba, viendo que ya se hacía tarde. Cuando saltó el Conejo; traía una jáquima y un freno.
–¡Freno sí no! –rugió el Tigre–. ¡Freno sí no, hermano!
–...¡pero si yo no sé montar sin freno...
–Freno sí no. Móntese así, que yo lo llevo con harto fundamento.
–No, tío Tigre. Yo sin freno no monto. Entonces dejemos así la cosa. Preste a ver yo le quito la silla pa que se vaya.
–Aguarde, tío Conejo. Vea... Póngame pues el freno, pero con harta mañita, que yo no soy una mula.
El Conejo le puso la jáquima, le acomodó el freno y le apretó bien la barbada.
Después se volvió a meter a la cueva y salió de espuelas.
–¿Espuelas? ¿Espuelas a mí?. –gemía el Tigre–. Yo pa qué necesito espuelas, tío Conejo. Eso es un insulto, una humillación para mí.
–No se preocupe, tío Tigre, que si no las necesita, yo no se las rastrillo tampoco. Pero, vea: si no quiere, no vamos... ¿oyó?
–No, no, no. No se demore más, tío Conejo, que nos va a coger la noche.
Con mucha parsimonia montó el Conejo, se arrellenó bien en la silla, templó las riendas y le rastrilló las espuelas al Tigre. Este pegó qué brinco y salió corriendo a cuantas tenía. El Conejo apenas templaba las patas en los estribos de cobre y se agarraba bien el sombrero. El Tigre corrió como un rayo, dejando atrás potreros, saltando vallaos, trepando cuestas y bajando lomas, como una salación.
A lo que llegaron onde estaban todos los animales, entró el Conejo ando el sombrero y todos le gritaban que viva y se quedaron muy aterraos de velo montao en el Tigre. El Conejo se fue acercando, al troto, a la mesa onde estaban de juraos el Oso, el Armadillo y la Tata. Todos se callaron, a ver por quién iba a votar el Conejo:
–Yo... voto pa rey de los animales... ¡por el León! Porque lo qu’es Tigre, lo dejo más bien pa silla.

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