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EL CONEJO Y LA ZORRA
Categoría: Tío Conejo y otros animales.
Fecha: martes 01 de enero del 1963
Autor: AGUSTÍN JARAMILLO LONDOÑO
Fuente: Cuentos del tío conejo - Folclor[9]
Una vieja tenía al pie de su casita, en el campo, una huerta en la cual crecían toda clase de legumbres y muchas frutas deliciosas. Y ocurrió de pronto la vieja comenzó a darse cuenta de que le estaban robando y haciendo daños.

–Eso debe ser ese maldingo Conejo. ¡Aguarde y verá! –dijo. Y se puso a ver cómo hacía para cogerlo. Si lo atisbaba de día, el Conejo vea comer de noche. Si lo atisbaba toda la noche, el Conejo venía de madrugada, cuando ya a la vieja se le cerraban los ojos del sueño.
Entonces la vieja resolvió ponele una trampa. Hizo un muñeco grande cera y en la mano le colocó un quesito fresco, que con verlo no más se hacía agua la boca.
Al medio día llegó el Conejo a robar zanahorias, repollos, remolachas y maicito ¡cuando... vio semejante negro! Al principio se asustó mucho... pero al momento vio qu’el negro no se movía y entonces se resolvió a decirle:
–Negro... dame un poquito de quesito a ver si está bueno...
Pero el negro no se movía.
–¡Negro! ¡Negro!... dame quesito pa probar...
El negro, en santo silencio.
Entonces el Conejo gritó:
–¡Negro cabezón! ¡Que me des quesito!... Oí, negro... ¡Negro!...
Aguardó unos momentos y al ver qu’el del quesito no le contestaba, exclamó:
–¿Ah, es que no me querés dar? Aguardate ai y verés. Si no me das quesito te pego un pescozón, que te dejo viendo un chispero.
Dicho y hecho: le dio un golpe con tanta fuerza, que se quedó pegao del muñeco, y por más que luchaba, no se podía soltar.
–Largame, negro atrevido –gritaba el pobre Conejo–. Largame o te pego otro puño más duro todavía...
Y recogiendo toda su fuerza le pegó con la otra mano al muñeco. Las dos manos le quedaron pegadas.
–Largame, maldingo negro. Largame o te pego una patada en la espinilla. ¿No me largás? Tomá.
Y guape, le metió su buena patada, pero la pata se le quedó pegada al muñeco. El Conejo jalaba lidiando por soltarse, pero todo era inútil. Volvió a amenazar al muñeco con otra patada; el negro, claro, ¡qué caso le iba a hacer si era un simple muñeco!... El Conejo le dio la otra patada y ahora sí quedó bien agarrao de patimanos.
A los gritos del Conejo que pedía socorro, salió la vieja de la casita trayendo un costal. Largó al tío Conejo y lo metió entre el costal, mientras le echaba cantaleta sin descansar:
–Bandido, sinvergüenzo..., será porque no me has dao guerra, ¡pero al fin te cogí! De ésta sí no te vas a escapar. ¡Ya verás cómo ahora sí me pagas las verdes y las maduras! ¿Yo te engordé en mi huerta? ¡Pues yo te voy a comer!...
El pobre Conejo temblaba metido entre el costal y sin saber qué hacer.
Entró la vieja a la casita, colgó el costal de un clavo grande que había junto al fogón y montó la olla grande. Sacó un cuchillo enorme y filudo y se puso a pelar revuelto para hacer un sancocho de Conejo. Echó en la olla papas, yucas, plátano verde, chócolos, zanahorias y alverjas. Alistó yerbitas para sazonar el Conejo y después cogió un machetico viejo que había en un rincón: “¡Virgen del Carmen, favoreceme!” –decía pasitico el Conejo–. “¡Esta vieja me va a matar con ese mugre de machete!”
Pero la vieja había cogido el machete era pa ise al monte a traer chamizas pa encender el fogón. Cuando la vieja salió, el Conejo respiró ya un poco más tranquilo y se puso a pensar qué iba a hacer. Cuando, en esas, vio que pasaba la Zorra por allí cerca.
–¡Tía Zorra! ¡Tía Zorra!... –gritaba el Conejo.
La Zorra apenas miraba para todas partes, a ver quién la llamaba, pero no veía a nadie.
–¡Tía Zorra! ¡Tía Zorra!...
–¿Eh?... ¿Quién me llamará?
–¡Tía Zorra!... Soy yo: tío Conejo...
–¿A ónde está usté escondido, tío?
–Aquí... Mire: estoy metido entre este mugre de costal que hay colgao de la paré...
–¡Imposible!
–Sí... Mire, tía Zorra.
La Zorra se fue acercando muy despacio, hasta que notó qu’el Conejo se movía entre el costal.
–Tío Conejo: ¡usté siempre es muy ocurrente! ¿Qué hace ai escondido? Sin duda que está tramando alguna picardía...
–Eh, ojalá tiíta... Esa vieja que me tiene aquí preso.
–No sería porque estaba rezando el rosario...
–No tía, yo no hice nada malo. Es que esa vieja me invitó a comer y me puso una gallina gorda, y aquí me tiene y dice que no me deja ir hasta que no me coma la gallina gorda, y usté sabe que a mí no me gusta eso...
–¿Verdá? Pues vea, tío Conejo: si quiere yo me como la gallina...
–Si no le choca...
–Yo me la como con mucho gusto... Pero... ¿cómo hacemos? Vea: yo me meto entre el costal y cuando la vieja diga que si me voy a comer la gallina, yo le digo que bueno. Y me la como.
Muy bien. Convinieron así el plan y la Zorra sacó al Conejo del costal y se metió ella. El Conejo colgó otra vez el costal en la paré y después salió corriendo y se fue.
Al rato llegó la vieja con las chamizas, prendió candela, l’echó l’agua a la olla y la montó al fogón. Así que el agua estuvo hirviendo a borbotones, cogió el costal y lo vació de golpe sobre la olla. Cayó la Zorra de cabezas entre el agua, dio un resoplido del dolor y pegó qué alaridos tan espantosos. De tres brincos estuvo fuera de la olla.
La vieja no entendía cómo el Conejo se le había volado y por qué había salido del costal una Zorra. La Zorra, furiosa con la vieja, y la vieja, apenadísima con la Zorra, tan apenada tanto, que se fue y le trajo una libra de mantequilla y le dijo:
–Tome, tía Zorra. Úntese mantequilla en las quemaduras pa que no le ardan tanto.
Después le explicó que al que quería sancochar era al Conejo porque se le estaba comiendo la huertecita hacía tiempos. La Zorra también contó lo que le había dicho el Conejo y cómo la había engañado, a ella, que era tan avispada.
–¡Nada, tía Zorra! ¡Es que ese Conejo es un diablo! Váyase pa su casa y que le unten la mantequilla con harta mañita... con harta mañita, a ver si no bota el pellejo.
Salió la pobre Zorra, que no daba paso, y se fue camino adelante. Cuando... por allá, se encuentra nada menos que al tío Conejo.
–¡Ah... sinvergüenzo, vagamundo, pícaro... atrevido! ¿Conque una gallina gorda, no? Aguardate y verés.
–Y el Conejo muy tranquilo:
–¿Qué le pasó, tía? ¿Por qué viene tan estropiada? ¿Está mudando el pelo?
–¿Mudando el pelo? ¡Vos me las pagás! Mirá como salí de la olla... ¡De la olla que te tenían preparada pa vos! ¡Condenso!
–¿Pa mí? ¡Imposible!...
Y se puso a conversar el Conejo y a decile a la Zorra que él no tenía ni idea de lo que tramaba la vieja, y que ella era la responsable de todo. Y por último le preguntó que para qué llevaba allí esa mantequilla.
–Para hacérmela untar en las espaldas... que estoy en carne viva... El Conejo puso cara de compasión.
–¡Pobrecita! –gemía–. A ver yo le unto la mantequilla...
–Pero con harta mañita...
–Demás, tía... Con harta mañita. Agáchese pues...
Se echó en el suelo la Zorra, bocabajo, y el Conejo entonces se le orinó encima. Apenas sintió el ardor de los orines la Zorra dio un berrido tremendo y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Y el Conejo apenas se carcajeaba y decía:
–El más collarejo es el que se deja engañar dos veces del mismo Conejo...
Después, se sentó en una barranquita a comer mantequilla y a reíse... a reíse y a comer mantequilla, muy tranquilo.

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