Categoría: Personajes
Fecha: Jueves 28 de Octubre de 2021
Siempre va a ser difícil escribir para los amigos que no están, especialmente cuando la vida, en su quehacer caprichoso, nos somete a su partida intempestiva. Las más de las veces queda en el ambiente ese sinsabor de no haber trasmitido, a tiempo, esa admiración guardada recelosamente para explotarla, sin saberlo, el día más insignificante. Queda el sentimiento de amargura, la palabra en la lengua, el vacío en el corazón, la amalgama de pasiones que no tienen otro destino que el recuerdo. Hoy, sin siquiera él esperárselo, ha partido Eugenio Buitrago Marín.
Fotografía 1: eugenio buitrago marín. fue director de la banda de de guerra en samaná
A Eugenio, un profesor con estilo de vida práctico, lo conocí en mis buenos tiempos de músico en la Banda Sinfónica de Aranzazu. Era un amante de esa institución. Menguaba el tedio de los ensayos pre-festivales con comentario picantes, acompañaba nuestras andanzas hacia otros pueblos y nos enseñó el mundo con grandilocuencia, aunque con palabras barrocas y exigiendo de nosotros los pies en la tierra. Era un tipo serio, con capacidad de inculcar respeto y orden a una muchachada que quería comerse el mundo. Buen consejero, conserje, colaborador, fiestero, apasionado de la naturaleza y el conocimiento, gustoso de la política, conocedor de la tecnología, buen conversador. En adelante, más que un profesor, fue un buen amigo, y aunque contradictor de ideas, siempre reivindicó el respeto hacia el otro. Seguro que en muchos rincones del mundo se esconden paisanos de varias generaciones formados por la cátedra magistral del profe Eugenio. Me lo encontraba muchas veces en la Calle Real de Aranzazu. Avizorado a lo lejos, se acercaba con su particular forma de caminar, como quien tiene una cita impostergable. Lo acompañaba una mochila que era de su personalidad, un lugar recóndito donde seguramente guardaba otro ingenioso proyecto, fiel a su estilo inquieto y curioso. Me preguntaba, con esa inconfundible voz ronca y contestataria, si había vuelto a escribir, yo le decía que más bien poco. Si se daba el momento, tomábamos un café para hablar de actualidad, entonces llegaba momento en que me recriminaba haber suspendido el hábito e instaba retomarlo. Así era él; un pedagogo que no desaprovechaba momento para dar consejos. Y es que por azares de la vida su última publicación en Facebook, instantes antes de un infarto fulminante, tenía que ver con el amor por los libros. Me atrevo a traducirlo como una forma de incitarnos a adquirir esa mayoría de edad Kantiana y a valernos responsablemente de nuestros conocimientos, particularmente, y según sus dichos, para poder burlarnos de los mercaderes de las corrientes politiqueras y no que ellos lo hagan con nosotros. Nos queda, como en su clase, muchas enseñanzas de vida. Me aseguraba que, contrario a mi dejada práctica, procuraría mejorar su estilo y escribiría de corrido, porque para eso había que estudiar y así también se construía conocimiento. En adelante, y de forma esporádica, echamos de ver su cosmogonía de vida no solo en sus apuntes críticos, sino también en trabajadas fotografías y videos, otras formas de expresión artística en la que era avezado. Fue partícipe de muchas tertulias grabadas por Aranzazu Al Día, que si bien nunca salieron al aire, nos la gozamos, en especial él, que actuaba tras bambalinas con su cámara, y nos dirigía cual productor documental. Este es el relato de algunas vivencias con Eugenio, el amigo. Una persona que, como todos en algún momento, deja en la memoria buenas evocaciones. Esa es la vida; ese era el profe Eugenio: un partícipe de la buena vida. Para él, aunque no me lea, un buen viaje en nombre de sus compañeros. Para su esposa, hijos y familia, bendiciones y abrazos. Sabrán, por los muchos mensajes de cariño, que tuvieron a su lado a un hombre que dejó en nuestras vidas una huella irrepetible.
Fuente: Aranzazu al dìa. [3135]
Autor: Alejandro Bedoya Ocampo
Cantidad de Impresiones: 1,249
Editado Por: Cristian Giovanny Toro Sánchez.
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